El Parque de El Capricho es un jardín paisajístico de recreo construido desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, por lo que en él se puede apreciar la evolución paisajística de cada época. En la parte más antigua de los jardines se distingue en el diseño de los jardines un gusto ilustrado, que va dejando paso al paisajismo romántico que predomina en casi todo el parque. Estos jardines se pueden entender como una suma de caprichos arquitectónicos y escenas pintorescas ideadas para el disfrute de los Duques de Osuna, los propietarios de la finca. Esos caprichos tienen un espíritu fantástico propio de la época Romántica, en la que todo lo exótico era muy valorado.
Ante el reto de construir un invernadero para criar edelweiss en El Capricho, primero experimenté miedo de estropear estos jardines construyendo en él un elemento ajeno a su época. Sin embargo, tras escuchar una conferencia en la que nos explicaron la historia del parque, me di cuenta que en realidad el parque que vemos hoy, por muy histórico que nos parezca, es en realidad el fruto de un intenso esfuerzo de recuperación de un diseño que se había perdido por largos años de abandono. A partir de ese momento me di cuenta que la actuación contemporánea en el Parque de El Capricho no puede limitarse a reconstruir las fantasías de tiempos pasados, sino que es necesario que la recuperación del parque capte su espíritu caprichoso, incorporando una fantasía tan sólo posible siglo XXI, pero atractiva en cualquier época.
Con el fin de crear una fantasía capaz de seducir a la duquesa tanto como el resto de caprichos del parque, he intentado pensar desde un punto de vista romántico, descubriendo que el proyecto debía apelar a los sentimientos, a las sensaciones en vez de a la racionalidad con la que he proyectado hasta ahora. El proyecto debe encajar con la mentalidad de una época que disfrutaba con lo misterioso, con las noches de tormenta y con las soluciones radicales. Por eso pensé en un invernadero que al ser visitado diera la sensación de que los Alpes están surgiendo del parque para traernos a Madrid el edelweiss, una flor cargada de simbolismo cuya fragilidad ha convertido casi en leyenda.
Para conseguir esa sensación he jugado con unas formas prismáticas a las que se llega después de recorrer unos senderos quebrados con unas pendientes reducidas, casi imperceptibles a la vista, pero que consiguen que el visitante sienta el recorrido hasta el edelweiss como algo complicado. Esta técnica, utilizada por Libeskind en el Museo Judío de Berlín, me parece apropiada para llegar al invernadero, ya que tradicionalmente encontrar los edelweiss en los Alpes se ha considerado como una hazaña. Los recorridos por estos senderos, siguen las líneas con una mayor luminosidad hasta llegar al invernadero, con una forma orgánica para que le permita destacar sobre su entorno prismático, de la misma forma que los edelweiss lo hacen en las rocas donde nacen.




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